19 de Febrero, 2018
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Cultura

MARGUERITE DURAS, ENTRE LAS PALABRAS Y LAS IMÁGENES

Durante el verano de 1944, en el París ocupado por los nazis, Robert Antelme, el marido de Marguerite es detenido por la Gestapo y deportado a un campo de concentración. Durante meses, ella vivió con la incertidumbre de saber si él estaba vivo o muerto.

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En 1984, ya mayor y bastante alcohólica, Marguerite Duras (1914-1996), considerada durante mucho tiempo una autora interesante pero confidencial, alcanzó con la probablemente más convencional de sus novelas, El amante, varias cosas: el premio Goncourt, un público masivo y millones de ejemplares vendidos.

 

Junto al éxito del libro, también se hizo célebre por su provocativo estilo de vida, por sus declaraciones y opiniones. Todos sabían que vivía con un joven homosexual, Yann Andréa, mezcla de amante y mascota; todos sabían que bebía en exceso, que casi había muerto por eso -su desintoxicación de 1982 fue ampliamente cubierta-, todos sabían que amaba de manera tan intensa como imprudente. 
 
Pero la leyenda en torno suyo era muy anterior, alimentada por su personalidad atrabiliaria y un conjunto de historias que produjeron cierta fascinación. Su vida era como una novela. Comenzó en la Indochina colonial francesa, donde su padre murió cuando era niña, dejándola a merced de su difícil madre, una maestra que intentó sacar a la familia de la pobreza con la compra de un campo que nunca produjo nada sino su ruina. En su adolescencia, con 15 años, se convirtió en amante de un chino rico y mucho mayor. En 1933, a los 18 años, se instaló en París para estudiar, y en 1939 se casó con el escritor Robert Antelme, quien fue deportado en 1944 a Dachau.
 
Duras tomó parte activa en la Resistencia: formaba parte de la misma organización clandestina que otros intelectuales dirigidos por François Mitterrand. Se divorció de Antelme en 1947 y se casó con Dionys Mascolo, padre de su único hijo, Jean, que trabajó en algunas de sus películas. Militó en el Partido Comunista, del que fue expulsada por disidente.
 
Conversar y escribir
 
Comenzó a escribir en la década de 1940 y lo seguiría haciendo toda su vida. En novelas, relatos, películas y obras de teatro, Duras buceó en su historia familiar y personal, mezclando memoria y ficción. Su madre, sus hermanos, sus amantes, sus angustias y alegrías, aparecen en una producción amplia: más de 70 libros y cerca de 20 películas.
Todo eso también está en sus entrevistas. Concedió infinidad de ellas y existen varias recopilaciones que forman parte de su obra. El último de los oficios, recientemente lanzado por Paidós, reúne un conjunto de conversaciones aparecidas entre 1962 y 1991 en la prensa escrita y la radio. Allí habló de su gran pasión, escribir, y de muchas otras cosas.
“Odio las etiquetas”, decía Duras en una entrevista de 1962 que abre el libro. Las etiquetas no eran las únicas cosas que le molestaban. No le gustaba el feminismo: lo veía como una forma de activismo que no siempre llevaba a la emancipación. “Un escritor no es ni hombre ni mujer: es escritor”, decía. No se sentía cómoda en los moldes que le asignaron: en la nouvelle vague del cine o el nouveau roman de la literatura. No le gustaba el surrealismo (“todos hemos pasado por ese traumatismo”, respondía en 1963), ni Simone de Beauvoir ni Sartre ni Barthes (le atribuía “ese tipo de moda lacónica del pensamiento”). No apreciaba a Philippe Sollers: lo dijo en 1963 y lo reiteró en 1985.
 
En el libro, la importancia cuantitativa de los artículos sobre su cine, así como las entrevistas con sus actrices, permiten recordar que antes de su fama como novelista, Duras fue una artista que se expresaba de muchas formas. Habla de su buena relación con Alain Resnais, la que contrasta con las que tuvo con otros directores que adaptaron sus películas: no le gustó lo que hizo Peter Handke y mucho menos lo que hizo Jean-Jacques Annaud (a quien le dio los derechos “por el dinero”). Sus admiraciones: Robert Bresson, Jean Renoir, Jean Rouch, Fritz Lang, John Ford.
 
Pero si el cine le importa, del libro y de su obra en general, se deduce que su único centro, alrededor del cual todo lo demás gravita, es la palabra escrita. En 1967, en dos entrevistas intenta explicar su necesidad de escribir, que siente vital y mortífera, cerca de la locura o del suicidio. En 1983, señala: “¿Qué es escribir? ¿Un deporte? Un escritor se mata en cada línea de su vida o bien no escribe”.
 
Una marca es su conmovedora sinceridad. En la primera entrevista del libro habla de la muerte de un hijo (en 1942 dió a luz un niño fallecido) y en otra de 1969, señala: “Si alguien pregunta, uno debe decir la verdad. ¿Por qué no? No hay que tratar de esconder. ¿La honorabilidad? Eso se terminó”.
 
En la larga entrevista que dio en vivo a Bernard Pivot en 1984, poco después del lanzamiento de El amante, habla con una franqueza sorprendente. Sobre su infancia, su madre, sus dos hermanos (uno odiado y otro amado), su amante chino y su esposo deportado. Mientras el entrevistador insiste en el poder de seducción y el magnetismo ejercido por su estilo, ella afirma: “Escribo tal como me atacan las palabras, si quiere. Como me enceguecen”.
 
El dolor de Duras y de Finkiel
 
Durante el verano de 1944, en el París ocupado por los nazis, cuya derrota se acerca y con ella el fin de la Segunda Guerra, Robert Antelme, el marido de Marguerite Duras, es detenido por la Gestapo y deportado al campo de concentración de Dachau. Durante meses, ella vivió con la incertidumbre de saber si él estaba vivo o muerto.
Sobre ese período de angustia e inquietud, Duras escribió El dolor, una obra autobiográfica que publicó en 1985, sobre la cual se basa la reciente película francesa dirigida, bajo el mismo nombre, por Emmanuel Finkiel.
 
Libro y película relatan el desasosiego de Duras, que comparte con sus compañeros de la Resistencia, entre ellos Dyonis Mascolo, su amante. También la desesperación por saber del destino de su marido, lo que la lleva a relacionarse con un hombre que trabaja para la Gestapo.
 
La película, con la actriz Melanie Thierry caracterizando a Duras, interpreta el libro, con sutiles cambios en las líneas de tiempo o algún desdoblamiento de la escritora.
 
 
Fuente: Patricio Tapia – LaTercera.cl