23 de Octubre, 2021
Radio Mercosur
Cultura

Chicas buenas y chicas malas

Escribe Juan Carlos Lagrange

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Para M. L. P.: Es muy  fácil darse cuenta de la diferencia que hay entre un ángel y una persona. La mayor parte de un ángel está por dentro y la mayor parte de una persona está por fuera. A mis cuatro años no sé por qué y cómo ya sabía eso. Entonces, Usted me dio el conocimiento perfecto de la razón de existir y el significado del Amor.- 
 
Nunca supimos cómo nos descubrieron. Mi primo insistía en que la tía Teresita las había encontrado accidentalmente con la mano al estar poniendo sábanas limpias, y eso nos había delatado. Yo tenía otra sospecha. Varias veces había sorprendido a nuestra tía Teresita revisando cajones, o leyendo en secreto mi diario  -que era más bien un cuaderno de apuntes y dibujos y garabatos-, o levantando con sigilo el auricular de otro teléfono mientras tanto mi primo como yo hablábamos con algún amigo.
“Quiero que me digan de dónde las sacaron.”
Ambos callamos. No era exactamente una pregunta.
“Díganme.”
La tía Teresita estaba sentada en una de las sillas blancas del comedor, los brazos cruzados, sus ojos azul celeste fijos ora sobre mi primo ora sobre mí y la pila de revistas frente a ella, sobre la enorme mesa. Ni siquiera nos había saludado. Aún sosteníamos cuadernos y portafolios.
“Quiero saber dónde consiguieron esta porquería.”
La respuesta era simple, supongo.
Una tarde de sábado, montados y rondando en nuestras bicicletas por las calles del barrio  -Refinería-, mi primo y yo habíamos encontrado una caja de cartón en la Calle Angosta, casi en su inicio por Monteagudo. Una caja grande, empapada por tanta lluvia que había caído esa mañana  -clausurando la jornada futbolera de todo el fin de semana-  endeble, medio rota y llena de revistas porno que alguien había decidido tirar al carajo. Volamos a casa de la tía Teresita  -en Vélez Sarsfield entre el Boulevard Avellaneda y la Avenida Alberdi, frente a los Talleres Metalúrgicos Herchamet-  luego regresamos a la Calle Angosta con un par de bolsos y yo fui guardando todas las revistas mientras mi primo vigilaba. Más tarde, ya encerrados con llave en el baño y soplando página por página con el aire caliente de un secador de cabellos, descubrimos boquiabiertos que no eran revistas de porno de naipes  -culos y tetas a lo sumo, con suerte, un breve atisbo de vello púbico-, sino de un porno mucho más explícito, cueros y sogas y cadenas y penetraciones dobles y las berenjenas gigantes de una morocha que imposible olvidáramos en toda nuestras vidas, se llamaba Amabella la Vegetariana y tardamos un poco en comprender qué hacía allí. Pero comprendimos muy bien las fotos a todo color, y aún mejor su carácter prohibitivo, que para nosotros, más seguramente que quizás, era lo más importante. Escondimos las revistas secas y tiesas entre el somier y el colchón de ambas camas  -en la casa de la tía Teresita dormíamos en la misma pieza-, y prometimos no decir nada, nunca, a nadie.
“Díganme, chicos.”  
Mi primo dio un paso tímido hacia mí. Se agarró de mi remera Lacoste que estrenaba ese mismo día.
“Quiero saber.” 
Noté que la tía Teresita, quizás por vergüenza, había cerrado las cortinas del comedor. Unas cortinas de la época, muy de fines de los años cincuenta que perduraron durante el transcurso de toda la década de los sesenta, de fondo blanco y grandes bolas anaranjadas y amarillas. Igual que el mantel de la mesa. Las sillas eran de fibra de vidrio: blancas, ovaladas, modernas, alternando cojines también anaranjados y amarillos. Sobre la mesa había dos ceniceros de plata, redondos y macizos, uno con borde anaranjado y el otro con borde amarillo. La tía Teresita pasaba mucho tiempo en aquel comedor perfectamente combinado. Era el único espacio de la casa donde hacía imperar un silencio absoluto mientras leía, escuchaba la radio o miraba televisión. Esto último recostada sobre uno de los hombros de mi tío Mario, luego de la cena, mientras saboreaban largamente un café.
“¿Me van a decir o no?”
“Las encontramos”, murmuré.
“¡Ah! ¿Y dónde las encontraron?”
“En la calle.”
“¿En la calle?”
“Ajá,… sí, en la calle.”
Volvió a exhalar más que un suspiro casi un bufido con desesperación.
“Mejor váyanse a su pieza”, sentenció
No nos movimos. Mi primo, cabizbajo, seguía agarrándome la remera.
“Tal vez al tío le digan la verdad”.
“Pero, si ésa es la verdad…” insistí.
“Ahora mismo. ¿Oyeron? A su pieza”.
Su tono fue macheteado, sin conmiseración, final y no negociable.
 
 
Dimos media vuelta, recorrimos cabizbajos el tramo del corredor y entramos a nuestra pieza. Mi primo, como si también nos hubieran prohibido hablar o jugar a algo, rápido se acostó en su cama y se quedó dormido. Yo cerré la puerta. Jugué un rato con mis lápices de colores sobre algunos papeles queriendo sombrear figuras previamente definidas como me hacía practicar mi profesora de Artes Visuales, Dorita Fiorenza. Puse en el Wincofon algunos discos de los incipientes Beatles  -producto de haberlos contrabandeado con unos yonis de un barco de bandera liberiana a cambio de brindar buena información de dónde se podían pasar buenos y divertidos ratos prostibularios en Refinería, en Sunchales o en Industrial-  que ya había casi rayado de tanto escuchar. Busqué mis audífonos enormes, con un largo cable negro y enrulado. Me eché boca arriba en la mullida alfombra y oí a ambos lados los redondos y preciados acetatos  -susurrando las canciones y también los diálogos entre ellos cuatro, previos o posteriores de una canción a otra, que por alguna razón me gustaban más-, antes de que el chirrido que se produjo al abrir la puerta por el tío Mario me despabilara de inmediato y despertara a mi primo.
“Chicos…”, anunció profundo y grave, serio, con forzada hombruna, y se sentó en una de las dos sillitas de fórmica blanca, frente a la mesita de la misma fórmica blanca donde hacíamos nuestros deberes escolares los días que íbamos a estar en casa de nuestros queridos tíos Teresita y Mario.
Yo me quedé sentado en el suelo, esperando su inquisición, preparado para saber cuál sería nuestro castigo. Pero el tío Mario, inmenso y torpe en aquella sillita de juguete, sólo empezó a hablarnos de actos dignos y actos indignos, de desnudez pura y desnudez impura, de chicas buenas y chicas malas.
“Se me entiende, ¿verdad?”
Nos volteamos a ver con mi primo. Tenía él una expresión perpleja, como pidiéndome ayuda. Yo tampoco sabía de qué estaba hablando. Pero ambos le balbuceamos que sí, que por supuesto.
 
 
Me alegro, chicos.
Entró la tía Teresita. Llevaba en las manos un libro grande, rectangular.
“Ahora quiero que le pongan atención a su tía”, balbuceó, hizo un esfuerzo, gruñó algo y por fin logró salirse de la silla y ponerse de pie.
La tía Teresita se sentó en la misma silla de juguete. Colocó el libro sobre la mesita y lo abrió en la primera página. Había allí una ilustración de un hombre y una mujer, ambos desnudos, fofos, rosaditos, ambos sonriendo con pudor. Y mientras la tía Teresita empezaba a explicarnos, con la ayuda de unos horribles dibujos infantiles, exactamente cómo se hacía un bebé, el tío Mario sacó un par de papeles prolijamente doblados del bolsillo de su camisa, los dejó caer muy discretamente sobre la mesita y sin decir más salió casi corriendo del cuarto. La tía dijo algo de un pajarito duro y tieso y yo descubrí, sobre la mesa, un cheque firmado y una tarjeta de suscripción anual, ya completada, para la revista Playboy.
 
Chalo Lagrange
Primavera, octubre de 2011.-